El embalse que envenenó a un pueblo entero: la lección oculta de la energía limpia
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El embalse que envenenó a un pueblo entero: la lección oculta de la energía limpia

✓NEWSLY Rédaction
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En 1971, cuando Canadá inició el megaproyecto hidroeléctrico de la bahía de James, la promesa era clara: un triunfo de la ingeniería moderna que llevaría energía limpia a millones de personas. Lo que nadie anticipó es que, al inundar miles de kilómetros cuadrados de bosque boreal, se desencadenaría una auténtica bomba química silenciosa. El resultado: un pescado envenenado por mercurio del que dependía históricamente el pueblo indígena Cree, y una crisis sanitaria que duraría décadas.

Las cifras del proyecto dan vértigo. La construcción del complejo hidroeléctrico alteró el curso de cinco ríos y los embalses creados terminaron sumergiendo más de 11.500 kilómetros cuadrados de bosque boreal, una superficie comparable a la de Qatar entera. Desde el punto de vista de la producción energética, el proyecto fue un éxito rotundo. Desde el punto de vista ecológico y humano, abrió una herida que tardaría generaciones en cerrar.

La cruda realidad llegó pronto: un pez capturado en esas aguas podía parecer perfecto a simple vista y, sin embargo, constituir un riesgo grave para el sistema nervioso de quien lo comiera. Y lo más desconcertante del caso es que la contaminación no provenía de los generadores eléctricos ni de la maquinaria pesada, sino del simple contacto del agua con la tierra virgen que llevaba milenios intacta.

El mercurio es una de esas toxinas que más nos preocupan cuando consumimos pescado, pero en este caso no había fábricas contaminantes detrás. El metal llevaba miles de años depositado de forma natural en el suelo forestal. El problema surgió cuando la inundación sumergió enormes cantidades de vegetación: la materia orgánica comenzó a degradarse rápidamente y se convirtió en un festín para los microorganismos del suelo.

Esa intensa actividad microbiana, alimentada por la descomposición del carbono orgánico de los suelos inundados, disparó la producción de metilmercurio: una forma del metal altamente neurotóxica que, a diferencia del mercurio inorgánico, se bioacumula con enorme facilidad en los organismos y asciende vertiginosamente por la cadena trófica acuática. En otras palabras, cuanto más grande y más depredador era el pez, más contaminado estaba.

La buena noticia es que este proceso tiene fecha de caducidad. La producción excesiva de metilmercurio suele detenerse entre los ocho y diez años después de la inundación, coincidiendo con el agotamiento de los nutrientes vegetales de fácil descomposición presentes en el fondo de los embalses.

Cuatro décadas de mediciones

Para entender la magnitud del fenómeno, los investigadores midieron la concentración de mercurio en 45.000 peces a lo largo de décadas de seguimiento. Los resultados fueron reveladores. Las especies que no se alimentan de otros peces alcanzaron su pico máximo de contaminación entre los 4 y los 11 años posteriores al llenado de los embalses. Las especies depredadoras, que se sitúan más arriba en la cadena alimentaria, registraron sus valores más altos entre los 9 y los 14 años.

Curiosamente, a pesar de estas concentraciones elevadas, no se produjo un declive en las poblaciones de peces. Con el paso del tiempo, el ecosistema se estabilizó y la gran mayoría de las especies retornaron a niveles de mercurio equivalentes a los de los lagos naturales de la región.

El precio humano

Para el pueblo Cree, algunas especies como el lucio no eran una simple fuente de alimento: eran el núcleo de una dieta milenaria. Y precisamente ese pescado local se convirtió en la principal vía de exposición al mercurio para los habitantes de la zona. Las comunidades del interior, además, mostraron concentraciones más elevadas que las costeras, más cercanas a aguas menos afectadas.

Las consecuencias se hicieron visibles: en 1988, el 14,2 % de la población Cree presentaba niveles de mercurio en el cabello por encima de los 15 mg/kg, un umbral preocupante. Los grupos más afectados eran los hombres, las personas de edad avanzada y los tramperos, quienes mantenían un contacto más estrecho con la dieta tradicional.

Ante la crisis, las autoridades y el Cree Board of Health of Eeyou Istchee elaboraron estrictas guías dietéticas. En el periodo más crítico, se recomendó a las familias de los embalses más impactados limitar su consumo a un máximo de dos comidas a base de lucio al mes. La medida funcionó: se registró una reducción significativa de la concentración de mercurio en la población.

¿Se repetirá la historia?

En la actualidad, las concentraciones de mercurio en casi todas las áreas afectadas han vuelto a la normalidad, lo que ha permitido a las autoridades sanitarias volver a promover el consumo de pescado local por sus beneficios nutricionales. Pero este accidente biogeoquímico está lejos de ser una simple anécdota de los años setenta.

A medida que el mundo acelera su transición hacia energías bajas en emisiones, la hidroeléctrica vive un nuevo auge. En Canadá hay unos 22 proyectos planificados que se situarán a menos de 100 kilómetros de comunidades indígenas. El miedo de que esta historia se repita sigue encima de la mesa, y la lección de la bahía de James es incómoda: incluso las soluciones energéticas más limpias pueden cobrarse un precio invisible si no se anticipan sus efectos sobre el suelo, el agua y quienes llevan siglos viviendo de ambos.

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