La temporada audiovisual española acaba de encontrar a su fenómeno. Se titula El castillo, está disponible en Movistar Plus y aborda un tema del que, supuestamente, ya lo habíamos dicho todo: la trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual. Sin embargo, la serie demuestra lo contrario. Que quedaba todo por decir. O, mejor dicho, que había que encontrar una nueva manera de decirlo, una forma de narrarlo que no reproduciera las inercias del pasado.
Detrás del proyecto hay un equipo de primera línea. Isabel Peña, guionista habitual de Rodrigo Sorogoyen y reconocida por trabajos como El ser querido, firma la serie junto a Eduardo Villanueva, mientras que Elena Martín y Sandra Romero asumen la dirección con un pulso visual que ya se está convirtiendo en objeto de conversación obligada en la industria. No es descabellado anticipar que estos nombres terminarán la temporada cosechando galardones, como ocurrió recientemente con otros autores que combinaron cine y televisión con resultados brillantes.
El castillo está basada en El proxeneta, la investigación de Mabel Lozano que documentó durante años el funcionamiento interno de las redes de explotación sexual en España. Tomando esa base documental, la serie construye una ficción que sorprende por su aparente sencillez: la historia de Claudia, una mujer víctima de la trata, y la de Suizo, el proxeneta que controla su vida.
El guion es arriesgado precisamente porque es obvio. Claudia y Suizo son personajes de una obviedad alarmante, y esa es su gran virtud. Sabemos que existen. Sabemos dónde están: a la vista de todos, en los clubs que salpican las carreteras españolas, bajo letras de neón que conducimos disimulando la mirada. La serie no descubre nada nuevo sobre el fenómeno; lo que hace es eliminar la distancia cómoda que nos permite mirar a otro lado. Esa es su radicalidad.
Una de las decisiones más reveladoras del proceso creativo fue la prohibición de ciertas palabras durante la producción. Términos como puticlub estuvieron vetados porque el equipo consideró que el tema era demasiado serio como para caer en las trampas de un lenguaje que hemos normalizado en exceso. Y la normalización, en este contexto, es el primer eslabón de la cadena: considerar natural, habitual, incluso tradicional algo que es un crimen.
La serie también esquivó otra trampa habitual: el humor. Ante las conversaciones sobre la trata de mujeres y niñas, la reacción social frecuente es la incomodidad, y esa incomodidad a menudo deriva en chistes que relajan el ambiente a costa de invisibilizar la gravedad del asunto. El castillo no hace eso en ningún momento. Mantiene la tensión dramática intacta durante sus seis episodios, sabiendo que lo que cuenta es importante, relevante, trágico y monstruoso.
Dos interpretaciones que marcan la temporada
Si el guion y la dirección sostienen la serie, las interpretaciones la elevan a categoría de fenómeno. Valentina Vidal, en el papel de Claudia, compone una de las actuaciones más conmovedoras de la temporada: a lo largo de los episodios asistimos a cómo su personaje se apaga, se hunde, pierde capa tras capa de sí misma. Frente a ella, Raúl Arévalo ofrece una interpretación que causa miedo y asco en dosis indescriptibles. Su Suizo no es el villano de opereta ni el monstruo irreal de las ficciones de género: es algo más perturbador, alguien reconocible.
Hay quien podría temer que la diferencia de peso entre una actriz prácticamente desconocida y un nombre asentado pesara en la pantalla. Sucede exactamente lo contrario: esa distancia no se percibe. Ambos componen personajes memorables y, según avanzan las críticas, ambos están disparados en la carrera hacia los premios de fin de año.
El reparto secundario no se queda atrás. Omar Ayuso, Laia Marull y una perversamente carismática Ángela Boix aportan capas adicionales a un relato que se resiste a las medias tintas. Boix, en particular, consigue algo difícil de explicar sin ver la serie: volver fascinante a un personaje abyecto.
El detalle que humaniza y endurece
Más allá de los protagonistas, lo que distingue a El castillo es su atención obsesiva a los pequeños personajes. Extras, figurantes, presencias de un solo plano: todos están cuidados con un esmero que aporta verosimilitud y, a la vez, endurece la visión del mundo que retrata. Tras un simple «buenas tardes» de una mujer prostituida dirigido a su proxeneta hay un personaje completo, con historia, con biografía, con lucha. Tras cada cliente de Claudia, también hay una historia.
Esa decisión conecta con la más importante de todas: quién encabeza el relato. La tradición audiovisual dictaría que la historia central fuera la del proxeneta, el punto de vista del hombre que mueve los hilos. Peña, Villanueva, Martín y Romero tienen muy claro que es precisamente esa inercia la que deben destruir. La historia más importante de la serie es la de Claudia, y eso cambia todo el orden simbólico de la narración: desplaza el foco del victimario a la víctima, del poder a la persona.
Un antes y un después
El castillo llega en un momento en el que el debate sobre la trata y la explotación sexual sigue abierto en España, con posiciones encontradas sobre cómo combatirla y sobre el marco legal que debería rodearla. La serie no pretende cerrar ese debate, pero sí hacerlo más difícil de eludir. Al obligar al espectador a sostener la mirada, hace lo que el mejor periodismo y la mejor ficción deben hacer: devolver a los rostros individuales lo que las estadísticas convierten en números fríos.
Quedan por ver los resultados de la temporada, pero pocas apuestas se presentan tan sólidas. Claudia es el personaje al que seguir. Valentina Vidal es la nueva actriz a la que seguir. Y El castillo es, a estas alturas, la serie española a batir.



