Los jóvenes que acampan en Sol y que se manifiestan por Madrid porque se ven sin casa y sin futuro han elegido como capitana a una anciana impedida y desahuciada de pelo corto que nunca buscó ser protagonista
El miércoles, ya de noche, poco después de que se anunciara su muerte, alguien colocó una rosa en el enrejado del portal del piso de Maricarmen en la calle de Sainz de Baranda. Una veintena de vecinos se reunió en silencio. Alguien colocó después la primera vela y escribió un pequeño texto de homenaje en una suerte de altar erigido en un alcorque que iría creciendo con las horas. La mujer acababa de morir en el hospital Gregorio Marañón, muy cerca de Sainz de Baranda. Tampoco muy lejos de allí, en Sol, en la acampada de más de 1.200 tiendas de campaña instaladas desde hacía 12 días, empezaba entonces a correr de boca en boca y de móvil en móvil la noticia del fallecimiento de la anciana. Álex, uno de los jóvenes acampados, recordaba así ese momento: “Y esta plaza, que siempre a esa hora, con asambleas y movidas, está llena de ruido, se calló de repente. Yo, que me había acercado al Corte Inglés para ir al servicio, al volver, sin saber aún nada, pensé que todo el mundo se había marchado de golpe, porque no se oía absolutamente nada”.
En el resto del país la noticia tuvo un efecto parecido. Poco a poco, los integrantes de la acampada comenzaron a reaccionar y, junto a otros centenares de manifestantes, se organizaron para marchar hacia el Congreso como forma de protesta. En la manifestación, ruidosa, se corearon gritos indignados de “asesinos” ante la vigilancia de centenares de agentes antidisturbios. La figura de Maricarmen, la anciana de 87 años expulsada el miércoles 23 de septiembre de la casa en la que vivió desde 1956 por el fondo inmobiliario Urbagestión de forma tan legal como cruel, daba de nuevo la vuelta al mundo, convertida en símbolo.
Mientras, en el bulevar de Sainz de Baranda, frente al portal de su casa, la veintena larga de personas, en un recogimiento silencioso, despedía a una vecina. No se oían gritos, ni conversaciones en voz alta. Aún no habían llegado ni siquiera las cámaras de televisión. Había varias señoras de toda la vida del barrio, de la edad de Maricarmen. No era extraño verlas allí, en un puñado de calles donde abundan las ancianas que pasean perritos pequeños a los que les hablan y regañan, que juegan con amigas de su edad a las cartas en las mesas de las terrazas de los bulevares o van a la compra solas al Ahorramas. Son las que pagan aún con monedas que sacan de un monedero antiguo y que se dejan ayudar por la cajera para contar el importe.

La misma Maricarmen se sentaba hasta no hacía mucho en algunas de esas mesas, según contaban en el bar de El Paleto, el más emblemático del barrio, también llegado en los años 50 y que el día del desalojo estaba por casualidad estratégicamente situado en tierra de nadie, entre la policía y los jóvenes que trataron de evitar a gritos, desesperación y empujones el desahucio de la mujer. El Paleto es un bar de esos que anuncian en los cristales con fotos apetitosas raciones de calamares o sepia o bravas y promocionan en el interior platos importados rebautizados en Madrid: “Pan con tomate (tumaca)”.
Esa noche, la de la muerte de Maricarmen, entre los vecinos que al principio se congregaron en torno al alcorque, había uno de unos cuarenta años, que contaba que había nacido allí, que su padre seguía viviendo allí, pero que él se había tenido que mudar a Alicante por el precio de los pisos. Que estaba de visita y que en cuanto se enteró de la noticia había bajado obedeciendo a un impulso ciego sin saber lo que se iba a encontrar, sin saber si se iba a encontrar a más gente. Al ver las dos docenas de vecinos se quedó. Todo lo explicó en voz baja, sin disimular la amargura o la impotencia.
Paralelamente, en el kilómetro 0 de la Puerta del Sol, en frente de la entrada del Gobierno de la Comunidad de Madrid de Isabel Díaz Ayuso, se levantaba otro pequeño altar en homenaje a Maricarmen parecido al de Sainz de Baranda. Había velas, dibujos, fotografías y decenas de mensajes escritos en cartones de pequeño tamaño. Muchas de las frases eran parecidas y apuntaban en la misma dirección: “Gracias por encender esta lucha que fue tuya y ya es nuestra. Que la tierra te sea leve”. “Luchamos como tú. Nos limpiamos las lágrimas y seguiremos hasta que el mundo cambie”. “El mundo arde por ti. Gracias”. “Gracias a ti aprendí a no tener miedo a luchar”. “Gracias por empezarlo. Nosotros lo terminaremos”. “La abuela de todo un país”.
Maricarmen no solo era ya la detonante de la movilización por la vivienda, ni solo tampoco la causante indirecta, por un extraño efecto dominó, de la convocatoria de las elecciones y un factor determinante en la campaña electoral, sino la inspiración de un colectivo vital falto de referentes. El ejército de miles de jóvenes que acampan en Sol y los miles que se manifiestan por Madrid porque se ven sin casa y sin futuro han elegido como capitana a una anciana impedida y desahuciada de pelo corto que nunca buscó ser protagonista ni símbolo de nada y que lo único que pedía era poder morir con dignidad en su casa.
Mientras, el altar de Sainz de Baranda ha crecido hasta ocupar medio bulevar. Las velas se cuentan por cientos. Las flores también. El jueves pasado, otra marcha pacífica compuesta por miles de personas terminó en este lugar. Pero al día siguiente, el barrio volvió a recuperar su vida normal, su pequeño latido cotidiano: El Paleto servía los desayunos de churros y porras, el Ahorramas lanzaba las ofertas de la mañana, la zapatería abría a su hora y los vecinos, entre los que me cuento y debería contarse Maricarmen, íbamos, aunque bastante más tristes de lo habitual, bastante más apesadumbrados, de acá para allá, empujados por los días laborables.




